2012 (VII)

Votar cada x tiempo basándose en programas electorales que son papel mojado, que se sustentan en constituciones revisables por unas instituciones superiores sobre las que no tenemos ni el más mínimo control… ¿Qué sentido tiene seguir manteniendo con nuestros impuestos esta vieja democracia representativa que ya no significa nada? Los gobiernos son simples funcionarios cuyo trabajo es informar a los verdaderos dirigentes (el FMI, el BCE…) de las gestiones encomendadas, y en caso de desviaciones, obedecer escrupulosamente las correcciones que se dictan. La soberanía ya no reside en el pueblo, sino en los mercados, y por lo tanto los protegidos son ellos, los únicos que tienen derechos intocables. Hacerse cargo de la realidad y rescatar el lenguaje es un ejercicio responsable: los que dictan (gobiernan) sin pasar por las urnas son dictadores, y los estados (sistemas burocráticos legitimados por una u otra constitución) que se dejan dictar son entes sin derechos. Vivimos, por lo tanto, en una dictadura: hoy la llaman democracia representativa, en el franquismo tenían la democracia orgánica, en China la democracia popular…

En esta superestructura nos han dejado relegados, a nosotros los ciudadanos, a simples números sacrificables. Nuestra presencia o no presencia en los medios de comunicación es unas veces partidista, otras veces obligada por el espectáculo, pero nunca determinante. Las protestas son tierra de sociólogos nada más, y los dramas humanos son eso, dramas numéricos simplemente. Cuando mencionan a España, a Grecia, o a Europa, los manipuladores se están refiriendo a los sistemas burocráticos, pero no a los ciudadanos: “Rescate a España” (El País), “Europa financia a la banca de España” (ABC), “España despeja el rescate” (La Razón), “Europa rescata a España” “El Correo)… Y así día tras día. Incluso cuando citan a los ciudadanos se les que cataloga, se les encuentra unas siglas: el 15M, los indignados… (con las intenciones partidistas y espectaculares antes señaladas, nunca con la misma legitimidad que a los estados o a las instituciones).

Mientras describo nuevamente este sistema que no nos representa, que no es democrático, que es corrupto, que nos utiliza para que los nuevos soberanos (los mercados) no se revolucionen, me llegan a través de la ventana los gritos de euforia producidos por el primer partido del equipo español en la Eurocopa. “¡Vamos, España!”, “¡Viva España!”. Pero España no sois vosotros, conciudadanos. Desgraciadamente, hace tiempo que dejasteis de serlo.

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2011 (XV)

El espectáculo de la democracia representativa vive su gran festival en tiempos de campaña electoral. Los elementos que sustentan este sistema de sumisión fuerzan sus máquinas para enviar a los ciudadanos pasivos una variada oferta de percepciones prefabricadas; cada periódico digital o escrito, cada emisora de radio, cada canal de televisión, cuentan con profesionales que trabajan para ello en cuerpo y alma, protegidos por ese carácter de autoridad que la libertad otorgó a las empresas que les pagan.

El ciudadano duda cuando lee un editorial que contradice sus primeras impresiones sobre quién ganó el debate, sobre todo si el editorial pertenece a ese periódico que lanza mensajes más a su gusto. Y se enfurece cuando lo cuenta otro medio cuya línea ideológica detesta, aunque ya lo esperase. Otro no soporta a ese miembro destacado del partido que quiere votar, pues es evidente su incompetencia, pero está aterrado y ese partido le ha hecho creer que solo él le quitará el miedo. Incluso existe aquél que aun sabiendo que esto es una mentira costosa y un cúmulo de detalles estúpidos, sigue con atención la campaña electoral y opina sobre ella porque le cansa imaginarse trabajando en la construcción de otro tipo de sistema.

El seguimiento constante, el marketing, el bombardeo analítico y estadístico, son armas poderosas que los medios le ofrecen a la política-espectáculo para que ésta potencie su labor en campaña electoral: hacer creer que cuestionar la democracia representativa es atacar la democracia,  fingir que las empresas-partidos políticos son organismos abiertos a la ciudadanía tal y como están formulados, llamar reformas a simples ideas estratégicas de poco calado, e intentar convencernos de que, después de todo lo que está ocurriendo, la soberanía popular existe en realidad.


2011 (X)

No descubrimos nada nuevo al decir que el contrato social que firmaron nuestros padres en 1978 es un fraude. A través de un trabajo publicitario insoportable nos han obligado a estarles agradecidos constantemente al Borbón campechano, a la reconciliación de las dos Españas, y a todos esos tópicos que protagonizaron la sobrevalorada transición.

Han sido tan potentes sus armas propagandísticas que la generación que vivió dicha época siente vértigo cuando ponemos en cuestión este “Estado social y democrático de Derecho”, como si al considerarlo papel mojado estuviésemos insinuando que quien debe gobernar es el estado de naturaleza. Que tengamos que transcurrir primero por el estado de naturaleza para llegar a un nuevo contrato social no será llegado el caso responsabilidad de los ciudadanos que pedimos a gritos renovar dicho pacto, sino de los políticos que lo impiden.

La situación es urgente: la clase política está trasladando la soberanía a los mercados. Ya no importa que se siga hablando de soberanía popular ni que ésta figure en artículos constitucionales. Los que han incumplido el contrato han sido ellos, nuestros jefes, da igual uno que otro porque todos son el mismo.

Que no nos llamen salvajes. Si nos obligan a serlo, nunca será para quedarnos ahí eternamente.

2011 (IV)

El País, que no sabe (o no quiere) bailar a su propio ritmo, diseña hoy en día sus opiniones a imitación de las de Rubalcaba. Que Rubalcaba dice ayer que “200 personas no pueden poner patas arriba una ciudad” (sí, 200, ni uno más ni uno menos) pues ahí va el periódico a plantar una editorial que sigue la estela de lo que dice el candidato socialista. Que mañana Rubalcaba dice otra cosa, al día siguiente El País formulará la misma opinión. No es ninguna sorpresa, ya que hablamos de un panfleto que pierde prestigio a toda velocidad y cuya influencia (para los que se dejan influenciar) es cada vez menor. Cada periódico va a lo suyo, pero llama la atención la ausencia demostrada de realidad en todo lo que transmiten. Porque cuando la realidad es incuestionable, los bailes de cifras no existen. Y durante estos días hemos leído diferencias en los medios escritos de hasta 1.000 indignados en una u otra concentración, lo que es una prueba más de que el no nos representan va más allá de la política representativa esclava del capitalismo: la frase se extiende a todo lo que está a su servicio, en este caso a los periódicos escudados en esa libertad de prensa que no es otra cosa que libertad de mercado.

Aunque a la mayoría de estas empresas se les escapa un detalle: si lo de estas últimas horas está ocurriendo en un mes de agosto, sin buses fletados por ninguna organización, sin ninguna convocatoria de plataformas económicas de por medio, lo que está por venir después del verano sí va a merecer titulares a toda página. Pero es lo que tiene esto de la libertad de mercado, que desgasta la capacidad de verstehen quedándose solo en lo superfluo: en este caso, que “es el Estado el que tiene el monopolio de la violencia”. Sin más.

2011 (III)

Un blogero de ABC nos enseña las cuentas de un partido político, alabando su gesto de transparencia por hacerlos públicos. Y mientras los comentarios de algunos lectores le siguen en su entusiasmo y ensalzan el buen hacer de dicho partido, yo me pregunto cómo se puede llegar hasta el final del artículo y tras tantas cifras desorbitadas no llegar al tipo de conclusión más evidente: que los partidos políticos funcionan como empresas, empresas que venden espectáculo, con el dolor añadido de ser financiadas mayormente con dinero público. Que un partido de estas características, que en las últimas elecciones obtuvo el apoyo de tan solo 465.125 ciudadanos (de un total de 34.681.888 convocados) necesite para llegar a esto ¡más de dos millones de euros! en una situación como la actual, nos da otro motivo para exigir una nueva fórmula política que todos comprendamos, en la que los partidos políticos se financien únicamente con las cuotas de militantes y dejen de recibir subvenciones como la de presencia parlamentaria o votos obtenidos. En definitiva, que dejen de ser una empresa de marketing subvencionada y retomen la idea de asociación con vocación pública, transformando el oficio de político profesional (el de las dietas, los hoteles cinco estrellas y la compra de publicidad) por el de político vocacional. Los siguientes datos son una verguenza para todo aquél que tenga un mínimo de conciencia social (antes de que se me olvide, gracias a UPyD por su transparencia, esperamos que sus compañeros de mercado sigan su ejemplo):

“Desnudo integral de UPyD”

2011 (II)

Los servicios de seguridad alemanes temen que Brevick pueda convertirse en un modelo a imitar. Tal y como está la cosa, no solo el Sacro Imperio Germano debería tener miedo a que la inteligencia de algunos individuos se vea sometida a la violencia ultraderechista (una inteligencia que al equivocarse de enemigos, deja de serlo). Cuando el monstruo actúa nos dicen que es un loco, un malo por naturaleza…, o cualquier otro adjetivo que explique el hecho por sí mismo. Pero lo que no debemos olvidar es que el discurso de ese loco ya existía antes de que lo conociésemos. Sin ir más lejos, en Alemania mismo Merkel decía hace unos meses que la multiculturalidad había fracasado, que la integración de los inmigrantes había resultado fallida: un mensaje trágico, definitivo, sin opciones tal y como lo planteó.¿Sin opciones? Bueno, algunos sí que pueden encontrarlas: Brevick lo hizo. Y es que el mensaje de Merkel no era otra cosa que una invitación para que los Brevick del mundo ayuden a erradicar ese fracaso.

Pero no todo es catastrofismo y estupidez: hay quienes utilizan su inteligencia para no dejarse influenciar, para pensar por sí mismos, para darse cuenta de que los Merkel, los locos, o los malos por naturaleza, solo se diferencian en el método a través del cual desperdician sus inteligencias.