2011 (XII)

“Para comprender cómo el poder feudal se transformó lentamente en poder parlamentario es preciso estudiar el nacimiento, en la Inglaterra de la Edad Media, de esas fuerzas nuevas que fueron las comunidades. El derecho feudal protege al propietario guerrero e indirectamente a los siervos de éste. Pero una sociedad a la que no inquietaban ya las invasiones y que se enriquecía poco a poco, no podía ser ya ni guerrera ni agrícola. Los ciudadanos, los comerciantes, los estudiantes, todos los que escapaban a los cuadros de la sociedad feudal, no tenían otra probabilidad de seguridad que agruparse. Los burgueses de una ciudad, los artesanos de una corporación, los estudiantes de una universidad, los monjes de un monasterio, se unirán para formar comunidades que sabrán hacerse respetar (…)

En el s. XIII, cuando los burgueses del Continente inventan la comuna, especie de conjuración de los habitantes de una ciudad que juran defenderse los unos a los otros, la palabra y la idea atraviesan pronto la Mancha hasta llegar a Inglaterra. Los señores se asustan. Comuna, palabra nueva y detestable… Una invención por la cual los súbditos no pagan ya más que tributos fijos y multas determinadas. Cuando la ciudad obtiene el estatuto de un terrateniente colectivo, encuentra su puesto en el edificio feudal. Tiene su tribunal, que preside el alcalde, y su patíbulo; percibe sus propios impuestos; muy pronto será convocada al Parlamento. Las ciudades (lo mismo en Francia que en Inglaterra) poseerán escudo, una divisa, un sello, porque son señores. El individuo, en la Edad Media, no puede llegar a representar un papel en el Gobierno si no es noble, pero las comunidades son fuerzas y como tales reconocidas por la ley. La House of Commons no será la Cámara de los Comunes, sino la Cámara de las Comunidades: condados, ciudades, universidades.

Inglaterra no pasará del vínculo personal y feudal al vínculo patriótico y nacional, sino al vínculo entre el Rey y las comunidades del reino”.

André Maurois, Historia de Inglaterra, Libro II, VIII

Highgate Hills, London

 

 

 

2011 (VI)

Los acontecimientos se han ido desencadenando tan rápidamente que se nos olvida (porque nos lo quieren hacer olvidar) que el origen de los disturbios de Londres está en el asesinato de un chaval a manos de la policía de Scontlard Yard. Y no solo eso, sino que se intentó justificar el crimen asegurando que el asesinado utilizó un arma, algo que se empieza a descartar oficialmente aunque sus vecinos ya lo gritaran desde el primer momento. Que las protestas, acrecentadas por los problemas sociales de Inglaterra y de todo el mundo, hayan derivado en violencia sin sentido no favorece a nadie, ni siquiera a los canallas sin mensaje (hooligans) que las hayan podido degenerar aprovechándose de la situación. Porque quemar una sucursal bancaria no es lo mismo que quemar la panadería de un vecino del barrio, ni destrozar una comisaría se parece a hacer arder la casa de una familia obrera. Por su culpa además el gobierno de su majestad ya tiene la justificación perfecta para expandir el miedo, el miedo que precede a la represión legitimada, por no hablar del vacío que ya se le hace a los orígenes de esta turbulencia. Cameron ha dicho que una parte de la sociedad está enferma, sin incluirse a él y a los de su especie. Pero lo cierto es que enfermos estamos todos. Aunque la medicina puede estar siendo investigada.