2012 (IV)

Los profesionales de la información se refirieron a aquello de “la reforma laboral me va a costar una huelga general” como una charla informal entre Rajoy y otro primer ministro cualquiera. Pero se trataba de todo lo contrario. El jefe del ejecutivo español hacía muy bien su trabajo en la Unión Europea: publicitar las medidas aprobadas y por aprobar contra los ciudadanos más débiles para, como ellos dicen, “recuperar la confianza en España”.  Anticiparse a que otros les pregunten es indispensable para aparentar eso que llaman seriedad. Lo volvimos a ver cuando el ministro de Guindos fue a susurrarle  al vicepresidente de la Comisión Europea que esa reforma que estaban a punto de presentar sería “extremadamente agresiva”. Y es que cuanto mejor se publiciten las leyes aprobadas contra los indefensos de un país, más confianza tendrán los mercados protegidos por la Unión Europea en invertir ahí. En eso consiste el trabajo que nuestros representantes, patéticos subordinados, realizan en Bruselas.

Lo peor de todo es que la maquinaria institucional está logrando instaurar el mensaje de que esta es la única solución. La expansión del miedo generalizado y paralizante no sólo es el fruto de la situación dramática de millones de ciudadanos: es un instrumento más del trabajo de las élites. Y la situación se vuelve más triste cuando nos percatamos de que aquellos que podrían luchar contra esta delincuencia legalizada  (sindicatos mayoritarios, izquierda representativa) forman parte también de la misma élite, interpretando un papel distinto pero en la misma obra. La huelga general es sólo un acto más de este teatrillo. Nadie la teme. Rajoy la utiliza para añadir más gravedad al anuncio de su reforma laboral, sin miedo porque no supone ningún peligro desestabilizador. Además, ¿qué trabajador está dispuesto a poner en riesgo su empleo o a dejar de cobrar el salario de ese día en una situación como la actual? Todo forma parte de ese miedo bien instaurado. Y mientras, a los que están fuera de las élites manteniendo con sinceridad el ánimo de lucha, se les mezcla con los violentos y son perseguidos y golpeados. Porque ellos no son actores, forman parte de ese público con pocas oportunidades. Su obligación es quedarse sentados mientras continúa la obra, observando a los actores interpretar su papel. Cada butaca tiene un precio. Si quieren llegar a ser intérpretes válidos deberán recorrer un camino especificado que les lleve a ello y ajustarse a las normas. Y si una vez ahí intentan cambiar la obra o improvisar (estúpidos ellos, con lo bien que se está ahí arriba en el escenario), serán despedidos del elenco.

La crisis capitalista ha puesto de manifiesto un patetismo indignante en los símbolos democráticos. El triste espectáculo de gobierno, parlamentos, partidos políticos, prensa, sindicatos y demás instituciones, es una obra insoportable con malos actores, esperanzados con que la situación les permita repartir bocadillos otra vez para que el público guarde silencio y disfrute del espectáculo. El ruido de esa parte del público menospreciada es más necesario que nunca, puede obligar a los de arriba a cambiar la función. La huelga general del día 29 de marzo, que merece hacerse notar pues jamás se ha legislado de una manera tan violenta y subordinada contra los ciudadanos, debería ser nuestra huelga, la del público, y no la de las élites. Aprovechemos la capacidad de movilización de los sindicatos (y démosles una oportunidad para que recuperen su dignidad), pero que no sea un acto más del espectáculo sino parte de la realidad. En muchos de nosotros se mantiene la pureza de esos símbolos que ellos han corrompido. Somos los únicos capaces de conmover a aquellos que tienen miedo,  despojarles de ese sentimiento prefabricado. El público de atrás, el pueblo, somos mayoría: tan solo debemos aprender a romper juntos esa cuarta pared. Hacerla pedazos.

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2012 (I)

Con el triunfo de la globalización como forma de entender el mundo, las viejas ideologías izquierda-derecha dejaron de diferenciarse en sus políticas económicas  por una finalidad común, la de enriquecer sus respectivos estados en un juego de competición mundial cuyo desenlace ha puesto en evidencia la pérdida de valores ideológicos de una y otra: las izquierdas retrasan la edad de jubilación y legislan en general en contra de los trabajadores, las derechas por su parte suben los impuestos… Es decir, unos hacen lo que en teoría hubiesen hecho los otros y viceversa, en una espiral de desconcierto e improvisación que no existiría si la soberanía económica nacional no hubiese sido cedida a instituciones superiores en aras del enriquecimiento señalado. Así pues, las viejas izquierdas y derechas ya forman un único bloque: el de los capitalistas. En este panorama desolador, cobran protagonismo aquellos que sí mantienen la pureza de sus principios: los políticos de extrema derecha crecen en popularidad y representatividad en la mayoría de países europeos, aprovechando la crisis de identidad que sufren el resto de partidos políticos capitalistas. El País se hacía eco hace pocos días de las posibilidades de Marine Le Pen de pasar a segunda vuelta en las elecciones presidenciales francesas,  señalando los tres aspectos clave de la receta del Frente Nacional: xenofobia, proteccionismo y regreso a su antigua moneda. Y  exceptuando la xenofobia, que sí es característica inmutable de la extrema derecha, los otros dos aspectos resaltados no deberían ser de su exclusividad en el futuro más inmediato. El escenario ideológico del s.XXI aun no se ha terminado de dibujar: miembros de las antiguas izquierdas aun tienen tiempo de abandonar el grupo de los capitalistas y unirse a las nuevas izquierdas que están formándose en la calle. El proteccionismo y si no hay más remedio el regreso a la moneda nacional, pueden ser  banderas ideológicas si con ellas se hacen frente a los otros dos grandes bandos: a los capitalistas, que apuestan por un gobierno global en el que la soberanía popular y económica de una nación no existe, y a la extrema derecha, cuyas aspiraciones tienen más que ver con el nacionalismo que con la defensa contra la dictadura capitalista. Capitalismo, nueva izquierda y extrema derecha,  los tres grandes bloques que protagonizarán el punto de inflexión político de la próxima década, deberán devolvernos el enfrentamiento  ideológico natural que construye la historia, y que con tanto esfuerzo han intentado suplantar algunos con un artificio de muerte en vida que está presente en los parlamentos, en los sindicatos, en las oficinas de trabajo, en los medios de comunicación, en todas las formas de organización social: el consenso.

2011 (XI)

Cada vez que alguno de los supuestos socialdemócratas de nuestro país abre la boca en referencia a la actual conversión de la constitución en  un tratado neoliberal, más nos damos cuenta de que esa socialdemocracia, la que en su momento permitió el semi-estado de bienestar español, ha dejado de existir. En esta ocasión Felipe González escribe en El País una serie de argumentaciones justificadoras de lo que se está cociendo a la vez que muestra su cansino e inútil  europeísmo (inútil para los demás, quiero decir: a él le viene muy bien). ¿Alternativas, propuestas, ideas? Ninguna. Vacío y más vacío. En eso está la socialdemocracia de los representantes, en un vacío ideológico e intelectual, sin enfrentarse a posturas contrarias, sin propuestas reformistas, y sin perspectivas de que éstas aparezcan. En este vacío se sustenta la ausencia de convicciones: “sabemos cómo hemos llegado aquí”, nos dicen, “pero no hay más remedio que dejarnos arrastrar hacia lo desconocido con la firme intención de llevaros por delante a vosotros, a los que no habéis provocado esta crisis. Eso sí, lo hacemos para salvaros”.

La socialdemocracia representativa necesita una reflexión profunda, dejar de asomarse al balcón y salir definitivamente a la calle. Llegar a la conclusión de que la simbiosis con el neoliberalismo solo va a servir para que éste se transforme en una tiranía aun más voraz que escudada en el monopolio de la violencia impida ser derrotada.

La reflexión debe partir de premisas en las que nos veamos reflejados y que facilite el trabajo:

-Reconocer la inviolabilidad de los papeles del ciudadano: soberano, político, receptor de servicios públicos, coproductor, cogestor y codecisor.

-Equilibrar de nuevo la economía mixta, inclinada en los últimos tiempos hacia el lado de lo privado. Esa inclinación ha impedido además adentrarse en terrenos hasta ahora poco explotados (el de la vivienda pública, por ejemplo).

-Considerar al mercado, que pretende abolir la toma de decisiones colectivas y confía en los mecanismos de autocorrección, como una institución volátil cuyo comportamiento no puede predecirse y que necesita ser estabilizado. Esa estabilidad siempre va a depender de la regulación, y la regulación es un objetivo que ha de emanar del poder político.

-La deslocalización económica no ha permitido aumentar las oportunidades de los países menos desarrollados. La globalización de las economías ha fracasado, pero sobre ella se ha levantado otro tipo de globalización más próspero: globalización de la información, de la ecología, de la cultura. Ahí hay muchas oportunidades para hacer cosas útiles.

Irán surgiendo más premisas en los próximos meses, a medida que sigan intentando que el semi-estado del bienestar sea la auténtica víctima de lo todo lo que está ocurriendo. Y será en la calle, por supuesto, en donde surjan todas ellas. Porque leerlos a ellos, verlos, escucharlos, es una pérdida de tiempo que impide dedicarse a lo más importante.