2012 (I)

Con el triunfo de la globalización como forma de entender el mundo, las viejas ideologías izquierda-derecha dejaron de diferenciarse en sus políticas económicas  por una finalidad común, la de enriquecer sus respectivos estados en un juego de competición mundial cuyo desenlace ha puesto en evidencia la pérdida de valores ideológicos de una y otra: las izquierdas retrasan la edad de jubilación y legislan en general en contra de los trabajadores, las derechas por su parte suben los impuestos… Es decir, unos hacen lo que en teoría hubiesen hecho los otros y viceversa, en una espiral de desconcierto e improvisación que no existiría si la soberanía económica nacional no hubiese sido cedida a instituciones superiores en aras del enriquecimiento señalado. Así pues, las viejas izquierdas y derechas ya forman un único bloque: el de los capitalistas. En este panorama desolador, cobran protagonismo aquellos que sí mantienen la pureza de sus principios: los políticos de extrema derecha crecen en popularidad y representatividad en la mayoría de países europeos, aprovechando la crisis de identidad que sufren el resto de partidos políticos capitalistas. El País se hacía eco hace pocos días de las posibilidades de Marine Le Pen de pasar a segunda vuelta en las elecciones presidenciales francesas,  señalando los tres aspectos clave de la receta del Frente Nacional: xenofobia, proteccionismo y regreso a su antigua moneda. Y  exceptuando la xenofobia, que sí es característica inmutable de la extrema derecha, los otros dos aspectos resaltados no deberían ser de su exclusividad en el futuro más inmediato. El escenario ideológico del s.XXI aun no se ha terminado de dibujar: miembros de las antiguas izquierdas aun tienen tiempo de abandonar el grupo de los capitalistas y unirse a las nuevas izquierdas que están formándose en la calle. El proteccionismo y si no hay más remedio el regreso a la moneda nacional, pueden ser  banderas ideológicas si con ellas se hacen frente a los otros dos grandes bandos: a los capitalistas, que apuestan por un gobierno global en el que la soberanía popular y económica de una nación no existe, y a la extrema derecha, cuyas aspiraciones tienen más que ver con el nacionalismo que con la defensa contra la dictadura capitalista. Capitalismo, nueva izquierda y extrema derecha,  los tres grandes bloques que protagonizarán el punto de inflexión político de la próxima década, deberán devolvernos el enfrentamiento  ideológico natural que construye la historia, y que con tanto esfuerzo han intentado suplantar algunos con un artificio de muerte en vida que está presente en los parlamentos, en los sindicatos, en las oficinas de trabajo, en los medios de comunicación, en todas las formas de organización social: el consenso.

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2011 (XIII)

Arnaud Montebourd ha quedado tercero en la primera vuelta de las primarias socialistas francesas, por lo que no podrá enfrentarse dentro de una semana a Holland, gran favorito para darle la patada a Sarkozy (o a su sucesor). Una patada asegurada, como lo está la de Merkel, la de Berlusconi o la del PSOE español. La crisis se lleva por delante a los gobiernos occidentales que les ha tocado convivir con ella, sin importar siglas, y aúpa al principal partido de la oposición de cada país sin necesidad de programa, carisma, o cualquier otro aspecto de los que conformaban la democracia representativa.

Ya habrá tiempo de analizar este comportamiento de los votantes. Lo que me gustaría ahora es llamar la atención sobre el discurso de este candidato socialista, Montebourd, que ha tenido la valentía de señalar a los mercados y a la banca como los responsables de una crisis que encima no están pagando, poniendo sobre la mesa la realidad sobre las consecuencias de la desregularización económica.

“Todo está por construir: los servicios públicos, la democracia, la economía, la agricultura, la industria, poner coto al mundo financiero… Innumerables frentes. Va a haber que imaginar soluciones nuevas (…). Si no intervenimos ahora, vamos a dejar que los mercados sigan destruyendo nuestras vidas. Ha llegado el momento de reconstruir un Estado fuerte y respetado”, afirmó en una entrevista a Público.

En su breve libro Votez pour la dèmondialisation (votad la desglobalización), Montebourd apuesta por pensar en un “proteccionismo moderno, verde, social y solidario” que pueda enfrentarse a una globalización neoliberal que ha supuesto “un desastre para los que no tienen más recursos que su trabajo”.

Un mensaje crítico con la pérdida de soberanía popular y con la globalización económica voraz, sin profundizar demasiado en propuestas que para el resto de políticos profesionales pueden sonar grandilocuentes (eso es buena señal), pero que es una inyección de optimismo ante el panorama desolador de la socialdemocracia europea. Ojalá ante los futuros fracasos de los partidos socialdemócratas (estén donde estén, en el gobierno o en la oposición), las premisas de Montebourd traspasen fronteras y comencemos a ver algo de luz al final de un túnel que, ante todo, será largo y poco predecible. Lástima que los socialistas franceses no hayan sido más valientes a la hora de escoger a su candidato. Quizá, como he dicho, todavía hagan falta más decepciones.