2011 (XVI)

Los medios de comunicación neoliberales intentan animar a los mercados adorando el nuevo tratado europeo, el último gran fraude de la Unión. “La Europa del euro da un salto adelante sin el Reino Unido”, titula El País, que incluye varios análisis y entrevistas de expertos sobre este pacto de anulación a la soberanía popular y a las políticas de izquierdas: “Para avanzar hay que ceder más soberanía a Bruselas”, “Se acabó el chantaje, se acabó la parálisis”…es decir, toda una serie de instrumentos de manipulación para que las conciencias de los súbditos legitimen lo que en un principio no está legitimado democráticamente. “Reino Unido, aislado en la UE”, escribe El Mundo, también al lado de los que celebran el secuestro de la poca democracia que nos quedaba y de los que consideran que los ingleses han salido perdiendo.

No hay nada que celebrar, hace tiempo que no celebramos nada. El nuevo pacto nos retrotrae definitivamente a la época anterior al Tratado de Westfalia (1648), acontecimiento a través del cual los estados se desvinculaban cada uno a su manera del Sacro Imperio Germánico y se hacían con decisiones autónomas: reclutamiento de ejércitos propios, libertad impositiva… Si aquello fue el nacimiento del estado soberano, lo de hoy es la muerte de tal concepto. Es el regreso al feudalismo, con Alemania de nuevo como centro de poder.

La soberanía económica ya se desdibujaba cuando se apostó por la moneda única a finales del s. XX: era el Banco Central Europeo el que asumía las decisiones de los respectivos bancos nacionales, instituciones que se convertían a partir de entonces en ridículas e inútiles representaciones nacionalistas. Pero los ciudadanos, los europeos, aun teníamos la sensación de que nuestro voto repercutía en el desarrollo de los presupuestos de nuestro estado. Todo eso se ha acabado. Los gobiernos están al servicio de Alemania: el nuevo Imperio, que también posee el control del BCE, pone y quita gobiernos, envía órdenes para reformar constituciones que se daban aires de pactos sociales, y ahora decidirá legalmente los detalles del presupuesto de cada país. Una Unión Europea que nos dijo que era el himno de la alegría  es en realidad un monstruo dictatorial capitalista, que despoja de derechos a muchos para dárselos a unos pocos.

A los que están seguros de que este nuevo orden de control acabará beneficiándonos, que echen un vistazo a Portugal o Grecia (y que estén pendientes de otros países, incluyendo el nuestro): los sacrificios, los secuestros, la violencia, solo han servido para hundir más a unos ciudadanos que no son los auténticos responsables de la situación actual. Los mercados siguen ganando dinero sobre ruinas y la banca privada es financiada con nuestros impuestos y nuestra pérdida de derechos. ¿Beneficio para quién? Si vamos a sufrir en el futuro inmediato sí o sí, ¿acaso no deberíamos decidir qué camino escoger para ello? Porque hay otro camino, más justo, en el que podríamos castigar a los que nos han llevado a esto y reconstruir la plaza nosotros mismos: Islandia empezó a hacerlo.

“Feliz de no estar en el euro”, ha dicho el primer ministro británico. Yo también lo estaría.

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