2011 (XIV)

El comportamiento de la mayoría de los votantes del PP es bastante predecible: no ocultan su intención de voto y acuden puntuales a cada cita electoral. Su ausencia de crítica es un regalo para los dirigentes del partido, que pueden presumir de tener un elevado índice de fidelidad de votantes. Esta fidelidad ha sido posible gracias al monopolio ideológico que los populares han ido creando desde finales de los 70. El PP no tiene competencia nacional: el PP es neoliberal, el PP es democristiano, el PP es extrema derecha. En cada uno de estos perfiles se ven reflejados ciudadanos de distintas categorías sociales  que no encuentran otra alternativa fuerte a la hora de votar a nivel nacional. Por todo esto el mayor temor de los populares ante una cita electoral es que el voto potencialmente socialista no se disperse.

El PSOE se ve obligado en cada convocatoria a luchar por agrupar a un electorado de izquierdas y centro-izquierda que disfruta de una oferta más amplia de partidos (la democracia como mercado, o partidocracia). Ante una situación complicada para el PSOE, sus votantes potenciales (no los que pueden llegar a votar al PP, esos sobran) suelen optar por IU, por la abstención, o por muchos otros partidos políticos que aparecen a nivel nacional o regional como EQUO o Compromís. La crítica por lo tanto aquí sí está presente, al contrario que en los votantes populares. Es otra injusticia de la democracia representativa: que en según qué situaciones finalmente son los ciudadanos menos críticos los que eligen al gobierno. Pero esto sucede precisamente por culpa de los partidos de izquierda: por traicionar a sus votantes, por jugar con la crítica de éstos, por menospreciar su inteligencia.

El PSOE se merece perder. Y lo merece porque solo así podrá darse cuenta de que para llegar a representar a una ciudadanía verdaderamente crítica,  deberá convertirse en un partido crítico. Crítico con un sistema económico que le ha obligado a renunciar a los pilares básicos de la socialdemocracia, con el poder de los mercados que es el poder de la derecha, con los mecanismos más sucios de la propia democracia representativa que alimentan esta partidocracia inútil. Y hacerlo con la sinceridad que solo puede demostrar la pedagogía de todo lo que se hizo mal, y de todo lo que se puede llegar a hacer bien.

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