2011 (X)

No descubrimos nada nuevo al decir que el contrato social que firmaron nuestros padres en 1978 es un fraude. A través de un trabajo publicitario insoportable nos han obligado a estarles agradecidos constantemente al Borbón campechano, a la reconciliación de las dos Españas, y a todos esos tópicos que protagonizaron la sobrevalorada transición.

Han sido tan potentes sus armas propagandísticas que la generación que vivió dicha época siente vértigo cuando ponemos en cuestión este “Estado social y democrático de Derecho”, como si al considerarlo papel mojado estuviésemos insinuando que quien debe gobernar es el estado de naturaleza. Que tengamos que transcurrir primero por el estado de naturaleza para llegar a un nuevo contrato social no será llegado el caso responsabilidad de los ciudadanos que pedimos a gritos renovar dicho pacto, sino de los políticos que lo impiden.

La situación es urgente: la clase política está trasladando la soberanía a los mercados. Ya no importa que se siga hablando de soberanía popular ni que ésta figure en artículos constitucionales. Los que han incumplido el contrato han sido ellos, nuestros jefes, da igual uno que otro porque todos son el mismo.

Que no nos llamen salvajes. Si nos obligan a serlo, nunca será para quedarnos ahí eternamente.

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